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Mayo 23, 2020

EL FIN DEL MODELO PRODUCTIVO YA LLEGÓ, HACE RATO

Por Viviana Bondaruk, Ingeniera Agrónoma (UBA). Becaria doctoral CONICET.

  

 

I. Argentina: ¿SOJArg?

Hace unas dos décadas atrás, se afianzaba con fuerza en nuestro país el proceso de “sojización”, el cual permitió consolidar a Argentina como uno de los principales países productores de oleaginosa del mundo. Este proceso tuvo como base reforzar el modelo productivo de agricultura tradicional pero con importantes innovaciones tecnológicas principalmente a través de la implementación de un paquete con ciertas prácticas y productos. Dicho paquete, primariamente fue difundido por unas pocas empresas y luego ampliamente comercializado; estaba enfocado en el cambio de la metodología y maquinaria previa, por la aplicación de prácticas de siembra directa, uso de semillas genéticamente modificadas y el surgimiento de nuevos productos químicos -herbicidas mayormente- que permitían las aplicaciones sucesivas al mismo tiempo del crecimiento del cultivo (debido a la modificación en el genoma para resistir al herbicida).

El cambio tecnológico comenzó teniendo al cultivo de soja como protagonista principal aunque en la actualidad y después de la inmersión de múltiples empresas en el desarrollo de eventos genéticos, se encuentran muchos cultivos con modificaciones en sus genomas. Las empresas comercializadoras de semillas muchas veces también son las productoras de los distintos químicos que deben aplicarse conjuntamente para obtener los rendimientos deseados, desencadenando de esta manera procesos de dependencia para los productores y una escalada en la utilización cada vez más masiva y en aumento de estos insumos (por ejemplo: para reducir o contrarrestar fenómenos de resistencia en malezas target se recurre a aplicar herbicidas en dosis cada vez más altas).

La adopción masiva de este conjunto de estas prácticas llevó una serie de años pero se puede afirmar con total seguridad que en la actualidad impera como modelo productivo en Argentina, con aproximadamente 17,5 millones de hectáreas sembradas con soja y llegando a una producción de casi 49,5 millones de toneladas (Bolsa de Cereales de Buenos Aires, 2020). Finalmente para reforzar la importancia de este modelo de producción en nuestro país se destaca que en el 2019, el sector agropecuario, principalmente el complejo cerealero-oleaginoso (donde se incluyen los 4 principales cultivos incluyendo a la soja) contribuyó al volumen de exportación nacional en un 62%, lo que representó un total de más de 40 mil millones de dólares aportados por dicho sector (INDEC, 2019).

Sin embargo, es fundamental resaltar que la producción bajo estos parámetros de agricultura tradicional lleva a una serie de impactos ambientales y sociales difíciles de revertir. Sobre todo, plantea un escenario complejo en el plano económico debido a su peso relativo en una economía con alto sustento en el aporte de la producción agropecuaria. Sin embargo, algunas de las externalidades de este modelo productivo pueden ser altamente negativas ya que se extiende en una gran porción de la superficie nacional, con pocos cultivos y bajo ciertas prácticas que tienden a la homogeneización del paisaje. Algunas de ellas, son de carácter ambiental o con impactos ecológicos que afectan las dinámicas de las comunidades vegetales-animales así como el flujo de energía y el ciclado de la materia en los ecosistemas. Ejemplos son: pérdida de fertilidad de los suelos (comprometiendo la sostenibilidad a mediano y largo plazo de la producción); disminuciones en funciones ecosistémicas claves al comprometer la biodiversidad que a posteriori y como efecto dominó tendrán efecto en otros procesos afectando no sólo otros ecosistemas naturales o incluso sistemas más antropizados como las urbes; contaminación residual en cursos de agua y napas subterráneas; presencia de elementos traza (que según su concentración pueden ser tóxicos) en alimentos (de origen vegetal y animal); incremento en prácticas de de monocultura, lo cual altera interacciones ecológicas que permitirían control biológico de plagas y enfermedades, aumentando la dependencia a los insumos químicos; deriva a objetos no target (casas particulares, escuelas rurales) de fumigaciones aéreas y terrestres, entre otras.

Sin embargo, las consecuencias alcanzan también dimensiones sociales y económicas afectando la estructura de los productores y la tenencia de la tierra. Desde el inicio del proceso de fuerte agriculturización del sector rural, comenzó a destacarse el surgimiento de un fenómeno conocido como el “agronegocio” (sistemas agrarios de producción empresarial). Una de las características de esta modalidad productiva es la modificación del sistema de tenencia de la tierra, priorizando el alquiler temporario por sobre la propiedad. Consecuentemente, como resultados de este surgimiento se redujeron en un 24,5% las explotaciones agropecuarias y se incrementó el tamaño medio de las mismas (CNA, 2002; 2018).

Esto quiere decir, la tierra pasó a estar más concentrada, en menos manos, y esas manos con mayor superficie. Asimismo, el trabajo asalariado en el sector rural bajó considerablemente y se incrementó el trabajo en el sector no registrado. Finalmente, pero no menos importante, los definitivamente mayor perjudicados bajo esta modalidad productiva fueron los pequeños y medianos productores. Casualmente, una porción importante de ellos es la que produce los alimentos que consumimos todxs: habitantes de grandes ciudades, pequeños pueblos y principalmente, de todas las clases sociales.

II. ¿Qué comemos? ¿Cómo se produce lo que comemos?

Los commodities como tales, por definición, son productos cuyo fin es de exportación principalmente y cuyo aprovechamiento directo es la venta a granel. Es decir, no podemos consumir directamente soja por más que seamos grandes productores de soja. Sin embargo, los principales productos agrícolas (cereales y oleaginosas) conforman una base fundamental para la producción intensiva de carne animal principalmente en confinamiento. De esta manera, esto implica que tanto al ser exportado o utilizado en establecimientos nacionales, el modo de producción de los granos tiene una continuidad en otras cadenas de producción de alimentos. Es por ello, que no sólo debemos contemplar las prácticas para generar las toneladas de granos por sus implicancias directas en los recursos naturales y los servicios que éstos prestan, sino también por las consecuencias potenciales (y no tanto) que puedan llegar a tener en la producción de otros alimentos (ej. carne vacuna) y en los términos de intercambios comerciales con otros países (ej. nuevo desarrollo de medidas que arancelen o castiguen países exportadores con producciones con alta huella hídrica, de carbono o alta proporción de uso de insumos agroquímicos).

La tierra pasó a estar más concentrada, en menos manos, y esas manos con mayor superficie. Asimismo, el trabajo asalariado en el sector rural bajó considerablemente y se incrementó el trabajo en el sector no registrado. Finalmente, pero no menos importante, los definitivamente mayor perjudicados bajo esta modalidad productiva fueron los pequeños y medianos productores. Casualmente, una porción importante de ellos es la que produce los alimentos que consumimos todxs: habitantes de grandes ciudades, pequeños pueblos y principalmente, de todas las clases sociales.

La alimentación argentina se encuentra mucho más globalizada y diversificada debido a una mayor oferta de productos en el mercado. Sin embargo, hay ciertos componentes básicos que son fundamentales como base alimenticia que dependiendo del estrato social analizado pueden llegar a conformar en mayor o menor medida la dieta diaria: las frutas y hortalizas. Sabemos que el modelo productivo del agronegocio no se replica exactamente en el sector frutihortícola pero muchas de sus prácticas sí.

Por ejemplo, es altísima la proporción de insumos químicos que utiliza la producción bajo invernáculo de vegetales, es bastante preocupante también las condiciones laborales y sanitarias en que viven los que producen dichos alimentos. Además, los modos de producción de frutas y hortalizas en sectores concentrados en la periurbanidad de las grandes ciudades conllevan consecuencias en el ambiente como: aplicación sucesiva de insecticidas y fungicidas, alta aplicación de fertilizantes, falta de rotación de cultivos, continuidad en la aplicación de productos biocidas que se encuentran prohibidos (endosulfán, bromuro de metilo), lixiviación de nutrientes aplicados que en exceso que podrían contaminar y eutrofizar napas subterráneas o cursos de agua cercanas etc.

Sin embargo, por otro lado, es cada vez más creciente la demanda por una alimentación más diversa y más consciente en términos de conocer cómo se produjo, cuánto recorrido tuvo, si hubo correcta aplicación de buenas prácticas o de bienestar animal, entre otras. Entonces, se destaca la necesidad conocer modos alternativos de producción de alimentos que contemplen las externalidades negativas mencionadas previamente y en dónde tanto el consumidor como el productor tengan acceso a información técnica, comercial y social que permitan una sostenibilidad ambiental en el tiempo.

Hace unos años, se volvieron virales los resultados de análisis realizados en el Mercado Central de Buenos Aires a frutas y hortalizas que arribaban a este centro de distribución desde distintas regiones y localidades del país para su posterior comercialización (SENASA, 2013). Lo destacable fue encontrar que la mayoría de frutas y verduras no cumplían con los “Límites Máximos de Residuos” lo cual indicaba que o bien eran aplicados en dosis excesivas o no eran respetados los tiempos de carencia de distintos agroquímicos ya que se encontraban en concentraciones superiores a los parámetros indicados por distintas instituciones de control y regulación. De esta manera, se instala con alarmante preocupación no sólo las consecuencias socioambientales del modo de producción sino que, es cada vez mayor la proporción de sustancias no aptas para el consumo humano y por ende pone sobre la mesa no sólo cómo queremos producir lo que comemos sino también qué comemos.

Entonces, de lo previamente expuesto, surgen varias conclusiones dicotómicas en relación a cómo actualmente producimos en nuestro país. Los modos de producciones extensivas e intensivas nos urgen a pensar modelos alternativos que contemplen no sólo los objetivos económicos de un corto plazo sino consideren los principios ecológicos de los ecosistemas naturales y urbanos como entidades dinámicas que están constantemente interactuando.

 

La agroecología es uno de los modelos alternativos de producción de alimentos

 

III. Agroecología: correr el velo de lo simple, que de eso nada.

Sin dudas, en una búsqueda rápida en internet podemos encontrar muchas respuestas sobre este concepto que en algunos sitios se presenta como una receta mágica y que parece estar cada vez más en boga. Pero, ¿cuánto hay de cierto en esto?

La agroecología como concepto puede definirse de múltiples formas pero unificando un poco la información atomizada, podríamos decir que se la considera como un modelo de producción de alimentos -o bienes de origen vegetal o animal- a través del uso de prácticas que tienen en cuenta las relaciones e interacciones ecológicas de cada ecosistema, generando así una extracción más responsable y sostenible en el tiempo.

Es un modo alternativo que contempla la integración de la producción con fines económicos con aspectos sociales como el asociativismo, el comercio justo y el consumo responsable. Considera principios ecológicos al tener en cuenta los ciclos biogeoquímicos de los nutrientes (ej. Aplicación de prácticas de recuperación integral de desechos orgánicos y regeneración de sustratos al suelo), las relaciones simbionte-mutualistas (ej. promoción de polinizadores silvestres o manejo integrado de plagas con enemigos naturales) o la importancia de la biodiversidad como cimiento necesario para muchas funciones ecosistémicas (ej. desarrollo de bordes inter lote con vegetación nativa), etc.

La agroecología como concepto puede definirse de múltiples formas pero unificando un poco la información atomizada, podríamos decir que se la considera como un modelo de producción de alimentos -o bienes de origen vegetal o animal- a través del uso de prácticas que tienen en cuenta las relaciones e interacciones ecológicas de cada ecosistema, generando así una extracción más responsable y sostenible en el tiempo.

Muchas veces se asocia la producción agroecológica con la producción orgánica como sinónimos y si bien tienen aristas de contacto es importante destacar que son formas diferentes en términos de escala, alcance de público, objetivos económicos, prácticas aplicadas etc. Ambas técnicas productivas surgen para dar respuesta a nichos de mercado que demandan, cada vez más productos con cualidades diferenciadas, y que provengan de productores que hacen frente a la degradación de los recursos naturales y a la intensificación del cambio climático.

Sin embargo, la producción orgánica si bien prescinde del uso de agroquímicos (plaguicidas y herbicidas) contempla y permite el uso de fertilizantes sintéticos los cuales pueden llegar a tener implicancias negativas en el ambiente según la eficiencia en su aplicación. Por otro lado, la producción agroecológica trancisiona hacia dejar de utilizar insumos químicos de todo tipo y promover el uso de tecnologías de procesos mayormente, fomentando por ejemplo:

-El ciclado natural de los nutrientes a través de realización de compostas y reutilización de residuos orgánicos
-Uso de manejo integrado de plagas con espacios de refugios de vegetación natural para enemigos naturales
-Intersiembra de varias especies en los lotes para favorecer relaciones de competencia para evitar malezas y plagas (al incluir especies con propiedades alelopáticas)
-Uso de bioinsumos: microorganismos que mejoran la sanidad del suelo (hongos promotores del crecimiento o competidores de otros microorganismos que generan enfermedades)

Asimismo, la producción orgánica precisa de certificación, controles y apunta principalmente hacia el mercado externo. Por lo general son productores integrados verticalmente, que apuntan a un consumidor de escala social más alta con cual genera un producto relativamente más caro y por ende de extensión y acceso más restringido.

En resumen, el objetivo de la agroecología es manejar los sistemas para que se pueda producir sin causar un impacto significativo y sin agotar los recursos propios de ese sistema. Sin embargo, a pesar de que se busca el desarrollo de agroecosistemas sustentables es compleja aún su completa aplicación con una independencia 100% de recursos externos. Esto último, pone de manifiesto que nos urge pensar y debatir dicha modalidad como alternativa productiva y su expansión en el mediano plazo.

Previamente alertábamos la preocupación de las distintas problemáticas de consumir frutas y verduras bajo los modos de producción convencional. Una alternativa como salida emergente a esta situación es realizar una promoción fuerte de estos alimentos bajo prácticas agroecológicas. Principalmente, en los cinturones hortícolas periurbanos se comenzaron a desarrollar cooperativas de productores que se presentan como en “transición” agroecológica (i.e. aún no dejaron completamente todas las prácticas tradicionales pero comenzaron la adopción de prácticas agroecológicas) y que proponen una comercialización comunitaria local, sustentándose en un marco de economía social y circular.

Realizan a su vez también otras producciones como conservas o manufacturados cuyo principal destino es el consumo urbano más cercano. Es decir, se vuelven a refundar los mercados o sistemas de intercambio de cercanías achicando la cadena de comercialización, evitando la multiplicidad de intermediarios y por ende aumentando la valorización del trabajo del productor. Entonces, la agroecología propone no sólo producir bajo los parámetros ambientales dictados por los ciclos naturales sino que también pone el foco en el desarrollo del bienestar social de consumidores y productores. La transición a esta alternativa es la forma de producción y comercialización de las familias productoras hacia una generación de alimentos sanos y saludables pero teniendo en cuenta los intereses de consumidores, productores y la sostenibilidad de los recursos naturales.

Una alternativa como salida emergente a esta situación es realizar una promoción fuerte de estos alimentos bajo prácticas agroecológicas. Principalmente, en los cinturones hortícolas periurbanos se comenzaron a desarrollar cooperativas de productores que se presentan como en “transición” agroecológica

IV. El rol de los ciudadanxs

Cada vez es más creciente la preocupación de la sociedad por la promoción de modelos de producción alternativos que incluyan prácticas que sinergicen un uso más responsable de recursos naturales siguiendo los ciclos naturales con una conciencia social (Seehaus, 2019). De esta manera, ya que la mayor demanda de alimento se concentra en las grandes urbes se constituye como una responsabilidad el desarrollo y la planificación de este aspecto en las ciudades. La integración de la producción agroecológica principalmente de frutas y verduras con el consumo consciente de lxs ciudadanxs y el fomento a ampliar los espacios de auto producción, huertas urbanas, techos verdes, promoción a acceso de compras a “bolsones”, ferias, cooperativas de productores y otras múltiples alternativas que cada vez están en instancias más accesibles.

Para finalizar, quisiera resaltar nuestra responsabilidad como consumidores a la hora de elegir dónde, qué y a quién se compran los alimentos. El consumo responsable a productores en transición agroecológica permite acceder no sólo a alimentos sanos, que contemplan una producción naturalmente sustentable, sino también que le pone cara y valoriza mejor el trabajo realizado por lxs productores que están detrás de lo que consumimos y muchas veces invisibilizadxs. Por otra parte, hay muchas posibilidades y potencialidades para que cada ciudadanx produzca al menos en parte sus propios alimentos reduciendo el impacto ambiental que el modo convencional de los mismos tiene.

Pareciera que es algo complejo entender las dinámicas naturales de lo que se puede producir en una huerta pero cada vez crecen más los fenómenos de auto producción en balcones y terrazas de manera domiciliaria. Generar huertas urbanas en nuestras casas o edificios, enlaza no sólo la garantía de saber la calidad que estamos consumiendo, sino también otorga un bienestar emocional al conectarnos con prácticas primarias, re estimulando la curiosidad y el asombro.

Muchas veces, creemos que la actitud individual no tiene grandes impactos o bien que requiere ser colectiva o constituirse cómo política pública para adoptarse y generar un cambio de paradigma. Sin embargo, creo firmemente que tenemos a nuestro alcance la concientización y la promoción de ciertos hábitos de consumo que pueden afianzar a futuro los grandes cambios que deseamos que ocurran.

 

Fuentes consultadas:

-Informe Bolsa de Cereales de Buenos Aires, 2020: http://www.bolsadecereales.com/

http://sobrelatierra.agro.uba.ar/el-agro-un-actor-imprescindible-para-el-dia-despues-de-la-cuarentena/

-Datos Censo Nacional Agropecuario 2002, 2018. INDEC

-Informe SENASA, 2013

http://reduas.com.ar/impacto-en-la-salud-de-los-residuos-de-agrotoxicos-en-frutas-y-hortalizas/

https://notasperiodismopopular.com.ar/2020/05/12/cual-es-la-diferencia-entre-la-produccion-organica-y-la-agroecologica/

-Seehaus, Mariela. Tesis de Magister: Análisis socioambiental del uso de plaguicidas agrícolas en el municipio de Oro Verde (Entre Ríos, Argentina).  Percepción de la población y cuantificación de la depositación atmosférica de plaguicidas. Escuela para graduados “Alberto Soriano”. Facultad de Agronomía de la Universidad de Buenos Aires. 2019.