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Abril 18, 2020

DESGLOBALIZACIÓN Y COVID-19

 Por Pablo Sanyán Director de Proyectos de Ideas Panal

Muchos de nosotros hemos crecido en un contexto mundial en donde la tendencia económica, social y cultural era unívoca e inconfundible. Todo iba en dirección a vivir en un mundo más globalizado, con fronteras cada vez más inmateriales, bloques regionales o continentales de libre comercio con exenciones arancelarias o privilegios impositivos, acervos culturales for-export (principalmente de los países centrales de occidente hacia el resto del mundo) y un crecimiento exponencial de los sistemas de telecomunicaciones que lograron diluir distancias que antes parecían inabarcables. La sociedad del futuro parecía inexorablemente destinada a integrar a todos -o casi todos- los países del mundo en un solo paradigma que contemplara cabalmente los aspectos que hacen a la vida común de las personas. El camino de la globalización era un hecho.

Es este proceso, el que la crisis desatada por la explosión del COVID-19 a nivel mundial, viene a frenar. De mínima, estamos ante un momento histórico en donde la globalización, que venía siendo el sendero por el cuál avanzaba el mundo post disolución soviética, se encuentra paralizada.  De máxima, nos encontramos ante el inicio de la ‘desglobalización’.

Es cierto que en los últimos años (posteriores a la crisis hipotecaria del 2008, acentuado en los últimos cinco) se advierte una desaceleración en el proceso globalizador, de forma en que podemos incidir que a pesar de transformaciones y tecnificaciones que mantuvieron vigente la integración global, como la masificación de los llamados ‘smartphones’ por citar un ejemplo, la globalización ha encontrado su techo. Y pareciera que lo que esta problemática de urgencia sanitaria alrededor del planeta logrará, es que parte del camino recorrido hasta hoy sea desandado o mínimamente cuestionado.

No se hace referencia a una vuelta al contexto de la guerra fría ni tampoco a una pérdida concreta de bondades y progresos que nos ha brindado la libre circulación del capital y de bienes, sino más bien a un repliegue del poder y la legitimidad que tuvieron desde el fin del muro de Berlín hasta nuestros días los grandes capitales globales, las corporaciones transnacionales y el liberalismo como paradigma universal. Hoy son los Estados-Nación, soberanos, los que están dando cuenta y mitigando los efectos de esta pandemia, en términos de salud y también en términos económicos, que puede traducirse como dato, en la preservación de vidas humanas y en la protección de las economías familiares y de pequeñas y medianas empresas que no podrían solventar estas semanas de aislamiento sin el acompañamiento estatal.

Existe un consenso generalizado en la población mundial que la amenaza que estamos atravesando es real, que merece especial atención y decisores políticos comprometidos principalmente con el bien común, qué en este escenario particular, es estar comprometido con la salud de todos. Mismo consenso se registra en torno a que uno de los factores claves en el vertiginoso aumento de la tasa de contagio se ha dado por uno de los pilares fundacionales del proceso globalizador: la conectividad y el aumento del flujo de desplazamientos internacionales propagó el virus hasta lugares que de ningún modo podrían haberse contagiado de no ser por la importación del mismo. Nuestro país es un caso testigo de ello. La inmensa mayoría de los casos registrados por los primeros veinte días de la aparición del virus, estaban relacionados de un modo u otro con gente que viajó al exterior. Aún hoy, en nuestro país se siguen registrando casos de coronavirus importados a raíz de la repatriación de argentinos que se encontraban en el exterior al momento del estallido pandémico. Se necesitaron varios días, con más de 200 casos importados para que la expansión del virus inicie su fase de “transmisión comunitaria”.

Pareciera ser que las instituciones más características de la globalización empezaron a verse amenazadas hace un tiempo. Desde que la guerra comercial entre Estados Unidos y China comenzó a escalar, sumado a la decisión tomada por los electores británicos de salirse de la Unión Europea, el flujo de bienes y capitales alrededor del mundo comenzó a caer y se ve aún más debilitado (como hace décadas no pasaba) con la expansión del coronavirus.

Es en este contexto, el de una pandemia que no tiene precedentes en la historia reciente, en donde la conciencia generalizada por el bienestar común le gana a la animosidad de lucro incesante que desde hace décadas ostentan los capitales globales y las grandes empresas multinacionales.

Se advierte también, que los Estados-Nación de mayor preponderancia parecieron entender que las políticas de austeridad y recortes que se impusieron en gran parte de Europa occidental después de la crisis de 2008, son una de las tantas causas que devienen en las consecuencias que observamos en este momento en países como Italia, España y Francia. El sistema público de salud en buena parte de la Comunidad Europea fue uno de los focos de ajuste más castigados por el colapso económico de aquel momento. Fue el propio Emmanuel Macron, Presidente del país galo, el que expresó de forma categórica, que la crisis del COVID-19 ha revelado que “la salud gratuita, el estado de bienestar, no son costos o cargas, sino bienes preciosos y servicios que tienen que estar por fuera de las leyes del mercado”, dando cuenta de la necesidad de ensanchar las prestaciones estatales en detrimento del capital global, el cuál durante las últimas décadas se adueñó de terrenos que siempre correspondieron a la responsabilidad Estatal. La consecuencia más palpable de este modelo privatizador, es la exclusión de millones de ciudadanos del sistema de salud y por consiguiente una peor atención médica ante la crisis para quienes no tengan dinero para pagar la cobertura privada.

Ejemplos como este no escasean, desde la directiva de Donald Trump de inyectar la módica suma de ochocientos cincuenta mil millones de dólares (algo así como 1.5 PBIs argentinos) para contener el avance del virus y estimular la actividad económica estadounidense, que se encuentra camino a una recesión histórica. Son más de 22 millones los estadounidenses que han solicitado subsidio por desempleo en las últimas semanas, en donde la cifra récord de 3,5% que arrojó el mes de Diciembre de 2019 ya quedó muy atrás, pudiendo alcanzar una abrumadora cifra de dos dígitos al finalizar la pandemia según analistas económicos. El residente de la Casa Blanca, fue también el que le ordenó a General Motors que abandone la producción automotriz y comience a producir respiradores artificiales, citando el Acta de Producción de Defensa (redactada durante la guerra de Corea).  Recientemente nos enteramos, que por la inmensa escalada de muertes en el Estado de Nueva York, el Gobernador, Andrew Cuomo, informó que confiscarán insumos del sistema de salud privado, que serán repartidos por la Guardia Nacional en los centros de salud que posean faltantes, haciendo especial hincapié en los respiradores. De una decisión similar, fue pionera la República de Irlanda, que comunicó la estatización de los hospitales privados y el acceso gratuito a toda la población a cualquier centro de salud mientras dure el brote infeccioso.

Aquí en nuestro país observamos como casi nunca antes, un aval general para que el Estado sea quién se encargue de la amortiguación de la pandemia. Amplísimo consenso tras la determinación del aislamiento social preventivo y obligatorio, un elevado reconocimiento a la aerolínea estatal por hacerse cargo de quienes se encontraban afuera tras estallar el conflicto, y un contundente repudio a quiénes en esta situación tan particular quieran sacar provecho remarcando precios de la economía esencial, acompañado de una petición al poder ejecutivo de sancionar a quiénes especulen económicamente. Percibimos particularmente como la Aerolínea de bandera es la encargada de repatriar argentinos varados en el exterior durante la primera etapa de la pandemia ante la deserción de empresas privadas que dejaron de operar y la desesperación de miles de usuarios. Asi mismo, recibimos hace algunas horas, la noticia del arribo al país del Airbus 330 de Aerolíneas Argentinas, que viajó a la República Popular China para recibir insumos médicos.  Finalmente, los recursos de nuestro sistema de salud privado también fueron puestos a disposición del bien común, generando el acceso irrestricto de toda la comunidad a clínicas y servicios para los que habitualmente hay que desembolsar mucho dinero. Y aunque la decisión generó revuelo y despertó las críticas de muchos empresarios privados de salud, y de una cantidad considerable de usuarios de estos sistemas, fue muy bien recibida y aceptada con naturalidad por la inmensa mayoría de los argentinos, dadas las circunstancias excepcionales de la actualidad. Nuevamente, lo que se repite casi como un mantra en estos días, “te cuida el Estado, no el mercado”.

Desde ya, que la avanzada de los Estados en desmedro de los capitales globales, no responde únicamente a un aprovechamiento de la situación por parte de los soberanos, ni tampoco a una cuestión meramente legal que los instruye a ser los encargados de morigerar la situación. En todo caso, no responde más a eso, qué al consenso casi absoluto de nuestras propias subjetividades, que desde el momento originario entendimos que no era “el mercado” el que nos iba a asistir en este momento. Mucho tendrán que ver las sucesivas crisis, globales y locales, que se desataron desde 1991 en adelante, en donde sucesivamente, los Estados-Nación tuvieron lugar para oficiar de ordenadores de las crisis, y en muchas ocasiones, de manera efectiva.

¿En que lugar quedan los Estados Municipales y pequeñas comunas en este reacomodamiento de capacidades? Si la globalización le dio herramientas y un mayor margen de maniobra a municipios tras una eventual descentralización del poder federal, la desglobalización creciente durante estos años no tiene por qué ser su antítesis.

¿Cómo lograr que la articulación en todos los niveles de gobierno sea eficiente frente a esta nueva amenaza? Y no menos importante: ¿Cómo se supone que los gobiernos de jerarquía menor, por caso, los gobiernos municipales, mantengan un margen de maniobra y protagonismo, frente a la centralidad inequívoca de la administración nacional? Es en esta crisis por el coronavirus, en donde los municipios tienen que mostrarse más activos que nunca y utilizar sus herramientas para mitigar los impactos sanitarios venideros. Y muchos ya lo están haciendo. No existe nivel de gobierno más cercano al común, al vecino, que el nivel municipal. Y por tanto son estos la principal referencia que tienen los ciudadanos de a pie para buscar respuestas y contención frente a la situación excepcional que estamos viviendo. Allí es donde las municipalidades pueden darle rienda suelta a sus capacidades, e idear cursos de acción concretos para resolver problemáticas. El abastecimiento de alimentos y medicación, los dispositivos preventivos de sanidad y la repartición casa por casa de elementos de higiene pueden ser respuestas a problemas que están prontos a dar el presente. Los lineamientos gruesos desde la Casa Rosada van hacia esa dirección, por lo que la complementación en niveles de gobierno más micro, se impone como necesaria.