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Abril 2, 2020

CORONAVIRUS Y CIUDADES VIGILADAS

Por Lisandro Carrasco

Momentos excepcionales requieren medidas excepcionales. Estamos ante una crisis que no sabemos cuánto durará ni hasta dónde llegará. La única certeza que tenemos es que es grave. El COVID nos está afectando vital, económica y emocionalmente: vemos muertos, caídas financieras estrepitosas y los nervios son moneda corriente. Estamos ante un escenario de incertidumbre y volatilidad pocas veces visto.
La respuesta más extendida a lo largo del mundo ante esta crisis es la cuarentena, el aislamiento social figura como única medida que puede aportarnos cierta calma de momento. Sin embargo, este marco de excepción, donde vemos ciudades vacías y balcones llenos, no es sinónimo de supresión o anulación de derechos.

Uno de los derechos que más se ha visto avasallado y denigrado en los últimos años es el de la privacidad. El desarrollo tecnológico nos viene enfrentando a lo que la psicóloga social Shoshana Zuboff definió como ‘capitalismo de vigilancia’, un sistema económico basado en la extracción sin el consentimiento de los usuarios de una plusvalía exponencial de sus propios comportamientos con fines claramente publicitarios.
La crisis del COVID, lamentablemente, ha dado lugar a experimentos sociales de vigilancia masiva e inédita, que usan los recursos de observación del capitalismo de vigilancia, innovan sobre ellos y los potencian, yendo en contra abiertamente del derecho a la privacidad.

No se trata únicamente de países sin sistemas de representación democrática como en China, donde las empresas compiten en una carrera de inteligencia artificial por mejorar y difundir softwares de reconocimiento facial. También en Corea del Sur y Australia podemos ver sistemas de vigilancia dignos de un libro de Orwell: los propios gobiernos han confirmado que utilizan la localización de celulares para controlar los movimientos de los ciudadanos, incluso salteando protocolos judiciales ampliamente aceptados en la gran mayoría del mundo. Aparentemente, algunos gobiernos provinciales de Argentina y España también considerarían comenzar a adaptar estas herramientas.

“A río revuelto, ganancia de pescadores”. Nunca falta quien ve una oportunidad en cada crisis y los propietarios y directores de estos softwares y sistemas privados y públicos parecen estar aprovechándolo por demás.

Han tenido lugar para esto por la aceptación generalizada, ante el temor válido, de una sociedad desesperada. Pero ¿hasta cuándo son legítimos estos sistemas, en condiciones de “normalidad”? ¿Quién controla un uso responsable y legal de estas herramientas? ¿Qué tendrán permitido hacer los Estados con los datos que recaban? ¿Hasta dónde permitiremos que lo digital avance sobre nuestras vidas? ¿O es que como humanidad ya estamos entrando en la resignación del fin de la privacidad?
Así como en toda la Argentina vemos abusos cotidianos por los precios de los productos básicos para la subsistencia y la prevención de contagios, el mundo está siendo testigo de una perversión digital inédita.

Este razonamiento no trata de mermar esfuerzos en la lucha contra el virus, en absoluto. Pero sí se trata de un dilema de humanismo tecnológico que es, en definitiva, un dilema de libertad. ¿Son tiempos excepcionales? Sí. ¿Esperamos que se limite cuando termine la crisis del COVID? También. Pero como me dijo hace pocos días un colega y amigo, “lo temporal es permanente”. Depende de nosotros, como sociedad sana y consciente, que esta vez no sea así.